MIGUEL DE UNAMUNO: ¿VASCO O ANTIVASCO?

 

Como apunta el librepensador y crítico literario Francisco Arias Solís, autor de magníficos panegíricos a la obra y figura de Unamuno, considera que el polifacético vasco “ sentía el misterio de la personalidad como algo que existe contra otra cosa. Mucho se ha hablado de la obstinada actitud negativa del mismo, de su incansable e incesante contra esto o aquello. El negativismo era su modo personal de manifestar que no se puede hacer gran cosa con las ideas, ni con las doctrinas como sistema de ideas. Había que ir a otra cosa. Siempre estaba en contra de..., en el sentido de no estar de acuerdo con nada. Estar en contra quiere decir lo mismo que apoyarse en... Y no se puede estar contra algo sin apoyarse en ese algo, sin contradecirse con él para obtener verdades más exactas... ?

Añade el “unamunólogo” Francisco Arias que “si la personalidad fuera capaz de existir por sí misma, se bastaría y así la personalidad sería lo que es (sic). Pero don Miguel tendía a ver la personalidad como una especie de hueco y, por tanto, como lo que no es. En consecuencia la personalidad se hace y deviene. Pero ¿cómo se hace?, pregunta este estudioso de Unamuno. Pues bien, contra las cosas y en la medida en que se apoya en ellas con el fin de disputarles el terreno, es decir, la existencia. Este es el misterio y, por tanto, no hay personalidad sino en tanto que hay cosas contra las cuales y en las cuales se constituye y conforma.

No es extraño que Unamuno dijera: “no logro encontrarme yo/ ese yo, pobre de mí/ dentro no oigo sino NO, fuera es donde suena SÍ.

 

El rotativo tinerfeño La Tarde, en la edición correspondiente al día 19 de abril de 1954, publica el extenso artículo de El Español, que firma Fray Albino Obispo de Córdoba, amigo en vida del escritor, bajo el título “Miguel de Unamuno en trance con  su cuita”. Su contenido nos alecciona aún más sobre la relevancia del famoso rector de Salamanca (y desterrado político en Fuerteventura) cuando constatamos una nueva descripción sobre su polifacética y contradictoria personalidad.

Dice Fray Albino: “... por que se le puede considerar como hombre, como cristiano, como literato, como filósofo y aún quizá como teólogo. Y, no sólo estos distintos aspectos se contradicen en él con frecuencia unos a otros, sino que, aún considerándole bajo uno solo, no deja uno de encontrar contradicciones...”

Sin embargo, ese mismo año su memoria intelectual sufriría un duro ataque del Obispo de Las Palmas en su contra, que con enorme poder en las conciencias incluidas las políticas de la España franquista, Monseñor Pildain, le ocasionó la pérdida en la práctica del homenaje que se le estaba organizando por ciertos sectores intelectuales y progresistas del momento.

 

Por su vinculación a la Universidad de Salamanca, corazón de la castellana España, Miguel de Unamuno, en lo personal o a través de sus numerosas obras, jamás se definió o comprometió claramente con el nacionalismo vasco a pesar de sus raíces en aquel territorio. Obviamente  tenía conocimiento de los postulados preconizados por Sabino Arana desde el siglo anterior.

Miguel de Unamuno y Jugo había nacido en Bilbao en 1864, hijo de comerciantes vascos que habían emigrado a Méjico donde habían logrado una destacable fortuna. Su padre murió a temprana edad cuando Miguel sólo tenía 6 años. Pronto se refugió en la impresionante biblioteca de su fallecido padre y, tal vez, esa fuera una circunstancia adicional que le convirtiera, ya adulto, en un ser intelectual aunque díscolo y disconforme con algunos hechos. Sobre todo lo fue en torno a los acontecimientos políticos y académicos que tenían lugar en la España del momento, pero nunca con la política o sociedad vasca de su tierra natal o “nacionalismo chico”, a pesar de que su tesis doctoral versaba sobre los orígenes del propio pueblo vasco, con profundidad antropológica, cultural y lingüística. Sus antepasados por varias generaciones eran vascos y su propia esposa, Concepción Lizárraga, también era vasca.

Sin embargo, si analizamos un artículo publicado en “Alma española” de fecha 3 de enero de 1904 que escribe con madurez intelectual y académica, posiblemente síntesis de algunos aspectos de  su tesis doctoral, hallaremos en él un anti vasco casi radical, cuando dice: “No se conoce a uno sino por lo que se dice y hace, y el alma de un pueblo sólo en su literatura y su historia cabe conocerla... Es hacedero, sin embargo, conocer a un pueblo por debajo de la historia, en su oscura vida diaria y por las gentes y por sus conversaciones... Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascos durante siglos y siglos. Durante siglos y siglos vivió mi raza en silencio histórico, en las profundidades de la vida hablando su lengua milenaria: el eusquera.

La inteligencia de mi raza es activa práctica y enérgica, con la alegría de la taciturnidad. No ha dado hoy grandes pensadores, que yo sepa, pero sí grandes obradores, y obrar es uno de los modos más completos del pensar.

El sentimiento del vasco es un sentimiento difuso que no se deja encerrar en imágenes definidas, savia que resiste la presión de la célula... Estalla en la música que es lo menos ligado a empobrecedoras concreciones.

Y autoritarios, sí, autoritarios, a la vez que de espíritu independiente. Para mandar salvajes o regir frailes, para colonizadores o para priores que ni hechos a encargo, pintiparados allí donde haga falta una energía un poco ruda y procedimientos rectilíneos, pero torpes para gobernar pueblos ya hechos, donde haya que concertar voluntades y templar gaitas.

Y cuando le toca ser subordinado, el vasco, según la frase consagrada, obedece pero no cumple; no dice que no pero haced la suya... Por que a tercos no nos gana nadie, pero que a su vez considera una virtud capital de su pueblo. Si no entra de otro modo el clavo, lo meteremos a cabezadas y por ello se dice que vizcaíno burro, aludiendo a su testarudez...

Se habla de nuestro espíritu reaccionario, cuando debía llamársele más bien conservador. Queremos progreso al paso de la naturaleza, con calma, acomodando lo político a lo social bajo la política... Añade: Me decía una vez Pablo Iglesias que nadie era más difícil de ganar al socialismo, pero que una vez dentro de él, era de los convencidos y de los sólidos sin impaciencia ni desmayos.

Se ha dicho alguna vez que el vasco es triste, y triste habría que creerle, a juzgar por los relatos de Baroja. Y no lo siento así, sino que observo en mi país, y entre los míos, una alegría casera y recogida, y no pocas veces el estallido de gozo de la vida que desborda... No, mi pueblo no es triste, y no lo es por que no toma el mundo más que en espectáculo...

El día en que pierda la timidez y cobre entera conciencia de sí y aprenda a hablar en un idioma de cultura (se refiera al castellano), os aseguro que tendréis que oírle, sobre todo si descubre su hondo sentimiento de la vida: su propia religión. (46)

Tres décadas después, en plena Segunda República con la que se identificó en principio, en un discurso ante parlamentarios de todas las ideologías incluida la de los nacionalistas vascos, sobre  las lenguas hispánicas y la conveniencia de que el castellano ha de ser el idioma oficial de la República, diría: “todo ciudadano español tiene el total deber de saberlo y el derecho de hablarlo. En cada región se podrá declarar cooficial (sic) la lengua de la mayoría de sus habitantes. A nadie se le podrá imponer, sin embargo, el uso de ninguna lengua regional”. Más adelante en el transcurso del debate concretaría: “Ahora me vais a permitir, los que no lo entienden, que alguna vez yo traigo aquí acentos de lenguas de la Península. Primero tengo que ir a mi tierra vasca, a la que constantemente acudo. Allí no hay este problema tan vivo, por que hoy, principio de la década de los años treinta, el vascuence en el país vasco navarro no es la lengua de la mayoría, seguramente que no llega a una cuarta parte los que lo hablan y los que lo han aprendido de mayores, acaso una estadística demostrará que no es su lengua verdadera, su lengua materna...”

Y añade: “Yo vuelvo constantemente a mi nativa tierra, y hace cosa de treinta años, allí, en mi tierra nativa, pronuncié un discurso que produjo conmoción, un discurso en que dije a mis paisanos que el vascuence estaba agonizando, que no nos quedaba más que recogerlo y enterrarlos con piedad filial, embalsamado en ciencia. Provocó aquello gran conmoción, una mala alegría fuera de mi tierra, por que no es lo mismo hablar en la mesa a los hermanos que hablar a los otros. Ellos creyeron que puse a aquello un sentido que no puse. Hoy continúa eso, sigue esa agonía; es cosa triste pero el hecho es un hecho, y así me parecería una verdadera impiedad el que se pretendiera despenar a alguien que se está muriendo, a la madre moribunda, me parece tan impío inocularles drogas para alargarle una vida ficticia, por que drogas son los trabajos que hoy se realizan para hacer una lengua culta y una lengua que, en el sentido que se da ordinariamente a esta palabra, no puede llegar a serlo.

Añade, además, que el vascuence, hay que decirlo como unidad no existe, es un conglomerado de dialectos en que no se entienden a las veces los unos con los otros. Mis cuatro abuelos eran, como mis padres, vascos; dos de ellos no podían entenderse entre sí en vascuence por que eran de distintas regiones: uno de Vizcaya otro de Guipúzcoa... 

Continúa el orador Unamuno ante las cortes Republicanas, ¿y en qué viene a parar el vascuence?, pregunta. Es una cosa naturalmente tocada por completo de castellano, en aquel canto que todos los vascos no hemos oído nunca sin emoción en el Guernica Arbola, cuando dice que tiene que extender su fruto por el mundo, claro que no en vascuence, aclara Unamuno. Santo sí y en su pie tomé a la madre de mis hijos, pero así no puede ser, y recuerdo que cantando esta agonía un poeta vasco, en su último adiós a la madre euskera, invocaba el mar y decía “conviértete en tierra, mar, pero el mar sigue siendo el mar”.

¿Y qué ha ocurrido?, repregunta el polifacético personaje, pues que por querer hacer una lengua artificial, e incide, como la que por aquellas fechas estaban conformando los irlandeses.

Por querer hacer una lengua artificial, se ha hecho una especie de “Volapuk” perfectamente incomprensible. Por que el vascuence no tiene palabras genéricas, ni abstractas, y todos los nombres espirituales son de origen latino, ya que latinos son los que nos cristianizaron también...

Un señor diputado de la minoría vasco navarra le interrumpió y pidió la palabra para réplica.

Más adelante, en su contundente discurso antivasco, habla de españolización de Euzcadi, cuando dice: Castilla civilizó a Vasconia, para añadir, que recibió una carta del propio Joaquín Costa lamentándose de que el vascuence desapareciese siendo una cosa tan interesante para el estudio de las antigüedades ibéricas. Yo hube de contestarle: Está muy bien; pero no por satisfacer a un patólogo voy a estar conservando la que creo que es una enfermedad.

Esto causó nuevas risas y la irritación del diputado vasco Leizaola que pidió la palabra y el derecho a nueva réplica.

Es claro que se aprecia cierta prepotencia no exenta de soberbia en las palabras de Unamuno ante  los congresistas que evidencian su claro “no nacionalismo vasco”, como si lo fueron otros intelectuales de su generación menos comprometidos con gobiernos de turno, amén de otros intereses académicos o de otro tipo, y menos polémicos que nuestro Unamuno con auténtico afán de protagonismo, político o intelectual.

No se pretende minusvalorar la memoria de este insigne pensador español, turista de lujo en nuestra isla de Fuerteventura, aunque forzado, quien sufrió en su ser la agonía producida por las circunstancias personales que le tocaron vivir, “con estoicismo de cristiano profundo” a pesar de las constantes dudas y contradicciones en diversos momentos de su existencia adulta.

Otro conocedor de Unamuno, Criado del Val, nos dice que: “Fue la conquista de la personalidad lo que le llevó al campo político”.  Como apunta Sebastián de la Nuez: es el resultado de lo justo, pero también de la soberbia ofendida que se manifiesta en una serie de improperios que no le conducirán a nada, sino a desahogar sus sentimientos heridos en lo más vivo, producto de la concepción de lo que él pretendía que fuera España. La España eterna y utópica con la que soñaba. Aquella concepción y deseo que también quedaba reflejado a través de otros pensadores de la llamada Generación del 98.

 

2 noviembre 2003